Nota 49

Me habían amarrado a una mesa fría e incómoda, pero eso no importó mucho en aquel momento. La herida a un costado me ardía, y las magulladuras en las muñecas y tobillos comenzaban a sangrar por la enorme presión que ejercí para zafarme, sin resultado. No conseguí amarrar ni un solo pensamiento. La desesperación y la falta de respuestas me tenían al borde de un shock nervioso.

Hasta que apareció él y todas las dudas se despejaron. Estaba en una catedral.


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